ALMAS DE METAL.
Capítulo 3.
Autor: Christian Perales
"Al final de cuentas todos estamos atrapados, existen quienes están atrapados en una vida que no les gusta, en una relación que no les gusta. Pero lo pero es estar atrapados en una tumba de metal, y no tener certeza de por qué, no hay muerte más injusta que aquella en la que no te dan explicaciones"
Sábado. 3:30 de la madrugada.
Me quedé tirado en el suelo de tierra y restos de vidrios de los autos sin saber que hacer, mientras los pasos de aquel hombre que venía hacia a mi resonaban más fuertes en mi oído, no me podía levantar, mi respiración se había ido de paseo junto con mi alma, y el dolor en mi espalda era insoportable, tras haber caído del autobús. De pronto aquel hombre de gran estatura estaba cerca de mi, lo primero que alcancé a distinguir entre la penumbra, fueron sus botas de tipo industrial, sus jeans de mezclilla azul, de pronto una voz grave, muy masculina rompió el silencio lastimero de aquel sitio.
-Ah, pero si pa pendejo no se estudia ¿verdad?-
Dijo esto mientras sus manos me ayudaban a incorporarme.
-Sacúdete, mira nada más el porrazo que te acabas de meter, ¿pues que andabas haciendo?-
-La niña...-
Le respondí a medida de que mi respiración retornaba a mi cuerpo. Una vez que tuve conciencia de mi entorno, pude distinguir entre las sombras, las facciones de aquel hombre. Tendría alrededor de cincuenta años, era alto y robusto, su boca entorchada por un espeso bigote, resaltaba un poco sus ojos negros, que parecían fulgurar ante la tenue luz de la luna, ante la tenue luz que se flitraba desde una luminaria afuera del deshuesadero. Vestía una camisa a cuadros y un chaleco, mismo que me pareció extraño en aquella época del año en la que suele hacer calor, no solo aquí, si no en todo el territorio mexicano.
Después de calmarme, me sentí aliviado pues por un momento supe que al menos otro ser humano se encontraba ahí conmigo.
-Si fue un buen golpe ¿Fumas?...ven siéntate aquí-
Me ofreció un cigarro y nos sentamos por un momento encima de unos rines que se encontraban apilados en es sitio.
-¿qué andas haciendo por aquí?-
-me quedé encerrado...-
-atrapado querrás decir...-
-¿y tú?...-
En ese momento miró hacia el suelo con desconsuelo, como queriendo ocultar algo que le oprimía el alma, le dio una fumada a su cigarro y finalmente me respondió, con un aire de nostalgia:
-También estoy atrapado aquí...Me llamo Rey, bueno... Reynaldo, por que de rey... nunca fui rey de ningún lado-
-Me llamo César...-
-ah, pues mucho gusto...-
-¿no sabes como a que hora abren mañana-
-¿mañana?... ja, mañana no abren, es fin de semana largo-
-Pero en el radio dijeron...-
-son bien tramposos, nunca respetan los horarios, las promociones, no respetan nada aquí... la verdad, yo si fuera tú, trataría de salirme de aquí-
-Podríamos buscar la manera de salir-
-No... yo no puedo, ya le intenté, pero no puedo.. el lugar es muy grande, te desorientas, en poco tiempo todo te va a parecer igual, no sabes ni por donde entraste, coches y coches, y más al rato se pone más obscuro-
-¿También estás desde la tarde?...-
-No... ya llevo más tiempo aquí... Pero tú si debes buscarle, este no es un lugar en el que quieras estar menos si se sale la marrana...-
-¿la marrana?...-
-Es un narco, su camioneta está aquí, bueno, toda balaceada y el simplemente está muy pegado a ella, por eso se le ve por aquí cada cierto tiempo, pero ese tipo... vaya que es malo...-
-Bueno, pero si entra aquí seguramente conoce una salida o algo-
-Creo que no me estás entendiendo, pero da igual, solo cuídate de la marrana, y bueno, por aquel lado hay una división, está cercado con malla ciclónica, ahí están los peores carros, no te acerques por ahí, sobre todo aléjate de los carros que traen una cruz pintada con aerosol, esos son los que más sangre vieron...pero si, búscale cómo salir no te puedes quedar hasta el martes, ya vete...-
-¿No vienes?...-
-No, yo me tengo que quedar, ahí ta mi tráiler...-
En ese momento me señaló con el dedo a donde se encontraba un tracto camión un Kenworth cuyo nivel de destrucción era tal que decir que era una acordeón, habría sido un eufemismo, estaba reducido a escombros deformes, había perdido una llanta delantera ante el brutal impacto, la suspensión que alguna vez la sostuvo, esa enorme y robusta suspensión estaba partida en trozos, la cabina estaba aplastada, no quedaba un solo cristal , ni las luces que alguna vez sirvieron para alumbrarle el camino, solo quedaba en pie, parte del copete que ostentaba unas letras "Rey". Por lo demás, hasta el motor se había roto a la mitad y su reguero de aceite era la prueba de que no existe metal en el mundo, que supere las pruebas de vida.
Después de mirar aquel enorme vehículo hecho añicos y sufriendo una muerte lenta ante los estragos del tiempo, en seguida volteé a mirar a rey, que se veía lleno de una enorme tristeza, tenía que preguntarle:
-¡¿Cómo es que sobrevives a eso?!...-
-No sobrevives-
Dijo con una voz aún más grave, mientras poco a poco, se iba difuminando entre las sombras, como si la obscuridad lo hiciera parte de ella, iba desapareciendo ante mis ojos.
-Debes buscar la salida.. se te acaba el tiempo...-
Y desapareció. En ese momento sentí un enorme mareo, me sentí como si todo me diera vueltas en ese instante, escuchaba el crujir de los metales, veía a los autos moverse, divisaba sombras correr entre ellos, escuchaba una y otra vez el sonido de los coches, el que hacen al chocar, también lamentos, gritos desesperados... y de pronto cerré los ojos esperando que así cesara lo que estaba causando eso, y así pasó, de repente todo quedó en silencio.
Ya no supe si me desmayé y todo lo sucedido con rey había sido un sueño macabro, abrí los ojos y me di cuenta de que seguía tirado en el suelo del deshuesadero, solo que a muchos pasos del autobús del que me caí miré mi reloj y ya eran las 4 de la madrugada, me incorporé con un nuevo brío, necesitaba más que nunca llegar hasta aquella camioneta y recuperar mi teléfono de debajo de ella. Comencé a caminar, pero quién ha estado preso del miedo sabe que cualquier ruido puede alterar la percepción y la conciencia, pero de alguna manera logré orientarme y en un minuto que pareció eterno, ya había llegado a donde la fila de camionetas aguardaba frente a mi. Con mucho afán encontré aquella a la que en la víspera le había sacado la caja de velocidades, me agaché y me sentí a salvo en el momento en el que palpé entre las sombras y encontré mi teléfono.
Apenas me estaba incorporando, encendí la linerna del teléfono, al menos ya tenía una manera de orientarme y una manera de contactar con el exterior, pero al tener luz también vinieron unos descubrimientos nuevos que me dejaron la sangre helada. Algo que no había notado la tarde anterior:
Aquella camioneta que alguna vez perteneció a las fuerzas del orden, estaba llena de agujeros, sobra decir que todos ellos estaban perforados por alguna bala, eran cientos de estos, y lo más crítico, es que abundaban en la zona donde viajarían quienes la ocupaban.
Iba a dar el paso para salir de ese punto cuando de repente escuché una interferencia, el radio de comunicación de la camioneta, se había encendido, lo que atenta contra la lógica pues cada coche que entra a un deshuesadero es despojado del acumulador para evitar riesgos de explosiones e incendios.
Claro que necesitaba moverme de ahí pero me quedé petrificado, aquel aparato de radiofrecuencia se escuchaba claro:
"¡Necesitamos refuerzos! ¡por favor ,manden refuerzos ahora!"
De repente, así como se había encendido, se apagó, con miedo comencé a caminar hacia otro sitio, con la linterna del celular ahora veía muchas cosas que no había notado antes, la camioneta que estaba al lado, también estaba llena de agujeros, reflejo de haber sido acribillada, solo que en un costado, además una cruz había sido pintada con pintura de aerosol roja. Bajé la velocidad de mis pasos, no podía creer lo que vi en su interior, dentro de ella se divisaba la sombra de un policía con uniforme táctico, se distinguían claramente sus hombros entornados por el chaleco antibalas, su casco, esa sombra parecía simplemente estar sentada ante el volante de la camioneta y no había otro lado por el cual pasar, así que caminé justo al lado de esta. Al pasar frente a la ventanilla destrozada, aquella sombra había desaparecido, pero escuchaba el llanto casi apagado de un hombre.
Salí corriendo, casi al borde la locura, y así llegué hasta encontrarme de nuevo ante la caseta de la vigilancia de aquel sitio, era hora de establecer contacto con alguien en el exterior. La temperatura empezó a descender violentamente, hacía un frío más crudo y devastador que el de cualquier invierno.
Tomé el teléfono y marqué el primer número que se me vino a la mente.
CONTINUARÁ.
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