ALMAS DE METAL Capítulo 2

ALMAS DE METAL 
Capítulo 2. 
Autor: Christian Perales

"Solo Dios sabe lo que pasó en la carretera, solo el sabe como murieron ellos, lo más curioso es que aquí, en este lugar donde se guardan los mudos testigos de la tragedia, no está Dios, son solo las historias que se quedan plasmadas en el metal retorcido, el dolor y el sufrimiento que se quedó atrapado aquí"

Viernes...con el sol a punto de ir a resguardase de esta pesadilla.

Se me hacía difícil de creer que alguien tuviera la negligencia de cerrar un deshuesadero con una persona ajena a el en su interior, pero estaba pasando, las puertas habían sido cerradas por fuera.
 
Traté por un momento de pensar que el encargado que me había recibido al llegar, seguía ahí, que me estaba gastando algún tipo de broma o simplemente regresaría en un instante para dejarme salir, así que esperé unos minutos en silencio ante la caseta de vigilancia del sitio, pero nada, simplemente me encontraba solo en aquel deshuesadero. Comenzaba a obscurecer así que comencé a pensar en todos los escenarios posibles para salir de ahí. Lo primero que hice fue asomarme por la ventana de la caseta de vigilancia, por si acaso había alguien dentro de ella, pero todo estaba solo, la luz comenzaba a palidecer, lo cual me hacía difícil indagar en el interior.
 
-Hola... ¿hay alguien?...-

Solo me contestó el silencio, un silencio raro, que solo se entrecortaba cuando el viento de la tarde hacía ronda con los vehículos accidentados de aquel cementerio de coches.
Me acerqué hasta la puerta y toqué tres veces, nada, toqué un par de veces un poco más fuerte y la puerta, que no se encontraba bien cerrada, cedió ante mis golpes.

 No había espacio para la duda o la timidez así que tardé muy poco para decidirme a entrar. 
Aquella caseta comenzaba a pasar por los estragos de la obscuridad de la noche que le iba ganando terreno al día. A tientas ubiqué el interruptor de la luz y un foco con una luz tenue, casi mortecina se encendió al oprimirlo, sobra decir que aquella caseta que hacía las veces de oficina de aquel enorme depósito, era un caos, dentro de ella había también muchas refacciones regadas por varios puntos, cubiertas de polvo, tenía calendarios de años anteriores pendiendo de la pared, cubiertos por el polvo que generan los estragos del tiempo. 
Mi primera reacción fue la de buscar un teléfono o algo que me permitiera hacer contacto con alguien responsable del lugar, que pudiera sacarme de ahí. 
En un escritorio viejo estaba uno, al levantar la bocina, solo me di cuenta de que ese, era un adorno, ya que no tenía línea. Después de eso miré a mi alrededor tratando de entender lo que pasaba, en una esquina de aquel lugar, vi una cámara de seguridad, me paré frente a ella y traté de entablar algún diálogo con quien estuviera detrás de esa cámara. 

-Oigan.. estoy aquí..-

Fue todo lo que pude hacer, todo lo que hice, cuando me di cuenta de que aquel artilugio, ni siquiera estaba conectado. Ya era hora de exagerar, de tomar mi teléfono móvil y llamara a alguien, a quien fuera, incluso a la policía si era necesario. Pero me sorprendí de manera ingrata, al buscar mi teléfono en los bolsillos de mi ropa y darme cuenta de que no estaba conmigo.

 En ese me vino un recuerdo de unas horas antes:

 Cuando estaba debajo de aquella camioneta a la que le saqué la caja de velocidades, sentí que algo se cayó de mi bolsillo. En ese momento pasó desapercibido pero ahora sabía que aquello que había dejado caer por accidente, era mi teléfono, mi única posibilidad de comunicarme con alguien en el exterior. 
Ahora tenía que averiguarlo, tenía que ir hasta el fondo del depósito para recuperarlo y así poder tener una ventaja.
Salí de la caseta de vigilancia, y miré hacia donde tenía que caminar, era recorrer de nuevo ese lugar plagado de vehículos accidentados, solo que ahora en una obscuridad casi total, pues la noche había caído tan pesada como el plomo en ese sitio abandonado por Dios.

Si de día aquel rincón del mundo donde el tiempo se detuvo, era impresionante, de noche simplemente era perturbador, un sitio en el que quedarse encerrado, no se lo desearía ni a mi pero enemigo. Miré hacia el camino que en la víspera había usado para llegar hasta la camioneta de la cual extraje la caja de velocidades y en la que seguramente debajo de ella, yacía mi teléfono. 

Comencé a caminar, solo que esta vez a tientas ya que la penumbra de la noche ya lo había devorado todo. 

-Aquí está el Aveo-

Pensé mientras avanzaba pesarosamente entre aquellos cadáveres de metal, plástico y tornillos retorcidos. Cada paso en esa obscuridad, era una incógnita ya que a cada momento podía sentir que alguien seguía mis pasos, que alguien caminaba detrás de mi, pero de en cuando volteaba y solo veía la lúgubte e inexorable obscuridad y escuchaba una respiración casi apagada.

 Llegué hasta el punto donde estaban los autobuses accidentados formando una fila macabra de destrucción, miré a mi alrededor para tratar de orientarme, ya estaba cerca de la camioneta, pero al mirar por casualidad hacia uno de los autobuses que estaba solo cubierto a la mitad por una lona, pude ver claramente a una niña corriendo dentro de el.

   El miedo por supuesto, se apoderó de mi, pero también usé la lógica y el instinto de conservación, así que decidí ir a averiguar quien era esa niña, me puse a pensar que quizá una familia vivía en alguna zona de aquel lugar tan enorme y del cual yo solo hasta ese momento conocía solamente una cuarta parte o menos, quizá sería a hija de algún velador y ellos me ayudarían a salir de este cementerio de autos.

Caminé lentamente, con miedo hasta la parte frontal de aquella pesada unidad, para ese momento parecía que todo había muerto en aquella atmósfera, ya ni siquiera se escuchaba el ulular del viento entre los pocos arbustos que de cuando en cuando habían crecido en aquel sitio, tampoco se podía percibir el sonido de la autopista, todo era silencio hasta que un perro el cual no pude ubicar, comenzó a llorar como si fuese víctima de un enorme dolor en el alma. 
No podía ver mucho del interior del autobús, la parte frontal estaba hecha añicos, trozos de plástico, metales retorcidos, el golpe había sido de frente y de tal magnitud, que lo que alguna vez fue la puerta de acceso de os pasajeros, estaba desaparecida, aplastada en su totalidad; así que la única manera de entrar ahí era por la parte frontal. 

Trepé entre los despojos de aquel vehículo, una poca de la luz de la luna se filtraba por unas partes y me permitía una cierta visión del interior. Por supuesto era aterrador, mirando un poco más de cerca se notaba cual había sido el destino del operador, el asiento desde el cual se manejaba el autobús, estaba aplastado y destruido por un grave impacto, cubierto por el color guinda que toma la sangre cuando se secay espesa, también un plafón detrás de el asiento que estaba roto y con las características de haber sido manchado de sangre, en una inmensa salpicadura, en el piso era lo mismo, nadie se había ocupado de limpiar, no tenía caso, ya que sabían que en un deshuesadero eso es lo de menos.

Traté de ignorar ese asiento, traté de no pensar en la suerte que había corrido el chofer, pero el interior de la unidad era más perturbador aún, los asientos estaban desprendidos, ya no podías imaginar si se habrían arrancado con el impacto o si habían sido retirados por el personal paramédico que laboró al tratar de salvar tantas vidas como fuera posible, o si los bomberos habrían tenido que quitarlos en un afán de rescatar cuerpos, sea como sea, estaban esparcidos fuera de sus sitios originales al igual que los compartimentos donde se guarda el equipaje de mano, nada estaba en su lugar, todo eran plásticos despegados, trozos de gasas, ropa que nadie reclamó y lo que me impresionó, fue el ver un zapato de un niño pequeño tirado por ahí. Todo ello, era un vestigio de los últimos momentos de alguien que perdió la vida ahí.

De pronto escuché un ruido dentro del autobús, era una especie de lamento, que parecía provenir del fondo. 

-Hola... ¿hay alguien ahí?-

Pregunté cuando en el fondo deseaba que nadie respondiera a ese llamado. Lo peor es que si recibí una respuesta, desde el fondo del autobús se escuchó un lamento, esta vez no era apagado, no era sutil, era algo que se entendió perfectamente:
 
-Ayúdame-

Luego percibí unos pasos viniendo hacia mi, era todo, tenía que salir de ahí, pero en ese momento de verdadero miedo, lo hice caminando lento y torpe hacia atrás, temí que hubiese alguien que me hiciera daño, así que solo me moví hacia atrás, caminé tratando de palpar la orilla con los pies, hasta que en un descuido resbalé y caí fuera del autobús.

Legué al suelo, de golpe, boca arriba, sentí un dolor indescriptible golpear mi espalda en esa caída, apenas iba a reincorporarme, a levantarme, cuando voltee hacia un lado y vi la silueta de un hombre viniendo hacia mi.

COTINUARÁ...

Christian Perales
El Comisario del terror
Marzo 23

Comentarios