ALMAS DE METAL Capítulo 1
ALMAS DE METAL.
Capítulo 1
Autor: Christian Perales.
¿Te haz puesto a pensar a dónde van las almas de quienes tienen la desafortunada casualidad de encontrarse con la muerte en la carretera?
Se dice que ante una muerte tan dolorosa, angustiante y repentina, las almas quedan atrapadas en lo que alguna vez fueron sus automóviles.
Y tiene sentido para mi, simplemente hay cierto apego a ellos, existe esa catarsis que puede hacer que una parte del alma de quien conduce un auto, se queda para siempre plasmada en el.
Muchas historias tétricas comenzaron con la ilusión de un viaje, con la promesa de reunirse con la familia o para muchos simplemente con la esperanza de llevar el sustento al hogar; sea como sea, la carretera tiene miles de historias, pero de ellas se ha hablado muchas veces, hoy simplemente conocerás los secretos e historias aterradoras que encierra un deshuesadero.
Martes.
-¿la conseguiste?-
-No, simplemente está agotada, nadie la tiene, fui al Autozone, a la California y hasta en mercado libre, ahí la tendrían hasta dentro de un mes-
-Bueno, ya se donde la puedes encontrar, es usada pero si la tienen, te puedes ahorrar bastante-
-¿y dónde?...-
-pues... ¿te acuerdas ese día que fuimos por la libre a Puebla y de regreso te dije que había un deshuesadero enorme?-
-más o menos-
-Bueno, ese lugar se ha estado anunciando en el radio desde hace como tres días, dicen que tienen al menos mil coches... sobre todo camionetas de las que desechó el gobierno, seguro aseguro ahí si la tienen-
Esta fue la charla entre amigos que desató todos los hechos que voy a narrarles, parecía una buena idea ir hasta ese lugar y al menos indagar si tenían esa caja de velocidades que tantos dolores de cabeza nos estaba causando, me sentí optimista por un momento, sin embargo, el tiempo demostraría que yo me convertiría en otra persona que lamentaría ese viaje.
Jueves:
Me encontraba en mi taller ya cerca del cierre, el radio encendido me proveía una banda sonora de mis reparaciones, de repente y aún en el caluroso verano de la Ciudad de México, sentí un escalofrío recorrer mi espina dorsal, levanté la mirada de lo que estaba haciendo y recorrí con la vista el taller vacío. En ese instante me sentí un poco inquieto, sentí como si en algún punto alguien me estuviera observando, el ambiente estaba enrarecido, todo estaba en silencio, hasta el ruido de los vehículos que comúnmente inundan la avenida estaba acallado; solo escuchaba un ligero viento casi lastimero, mover las ramas del árbol que se erguía fuera de mi taller.
Vi el reloj en la pared, y ya pasaban de las diez de la noche, decidí que era momento de parar por ese día e ir a casa.
Me lavé las manos, puse los candados en la cortina de acero, y mi último pensamiento fue el de apagar la radio.
Cuando estaba a punto de girar el botón de apagado, una interferencia azotó la señal del aparato, se escuchó como si se cambiara de estación por si solo y de inmediato otra voz apareció, una voz que sellaría mi destino.
"y recuerden amigos, los seguimos esperando en deshuesaderos Aguilar, contamos con cinco hectáreas de autos a su disposición para que usted elija las refacciones usadas que más le interesen , somos su mejor opción en piezas de recambio, y este fin de semana, por ser fin de semana largo, contamos con una promoción para nuestros amigos mecánicos: usted puede pasar al patio de autos elegir la refacción que más le convenga, la desmonta usted mismo y se la lleva a casa con un 35% de descuento"
-Suena bien-
Pensé mientras finalmente apagaba mi radio, no pensé mucho las cosas y esa misma noche hice el plan para acudir al día siguiente.
Viernes.
Las cosas en el taller, no estaban saliendo como yo las había planeado, un cliente de mucho tiempo me llamó para decirme que planeaba llevar su coche una hora más tarde, así que tuve que esperarlo, y no solo a el, si no también a dos clientes más y el promotor de aceites Mobil que llegó un poco más tarde de lo habitual, total que aunque en mi mente estaba planeando la hora de marcharme hacia el deshuesadero, la tuve que postergar bastante, mientras los pendientes del taller se iban resolviendo uno a uno.
A las dos de la tarde me desocupé y decidí que era un buen momento aún para ir a ese sitio.
-A las cuatro llego ahí, si tienen la caja, en media hora la desmonto y en la noche estaré de regreso-
Eso pensé mientras le explicaba a mi ayudante de más confianza, que le tocaría a él cerrar el taller a eso de las seis de la tarde.
El camino a ese sitio no tuvo mayores contratiempos, incluso para ser fin de semana largo, no se percibía muy llena la carretera. Justo como lo había pensado a eso de las cuatro de la tarde estaba frente a aquel cementerio de autos que se erguía frente a mi vista, con unas inexorables pirámides de autos apilados.
Aquel lugar cumplía con lo prometido en sus anuncios, aunque yo no se como se ve una hectárea, supuse que aquello si eran cinco, y eso solo era lo que se veía por la entrada, ya que todo el contorno del lugar, estaba delimitado por una barda tan alta que incluso seis coches apilados uno sobre otro, no lograban llegar a alcanzar la altura de la pared en cuestión.
Ya en la entrada, de aquel sitio emocionante para un mecánico, estaba una caseta de vigilancia, en la cual se encontraba un hombre como en sus sesentas, un poco desaliñado y descortés.
-¿qué va a querer?-
-vengo a comprar una caja de una Ford F150-
-si hay, están hasta allá atrás junto a esos camiones accidentados-
-¿los de ahí?-
Le pregunté mientras señalaba con el dedo hacia donde se encontraban dos camiones en muy mal estado, por su apariencia se veía que ambos habían sido partícipes de la desgracia al volcarse, ya no tenían muchas de sus piezas y otras tantas reposaban sobre sus cofres, siendo mudos testigos del paso del tiempo que parecía haberse detenido en aquel lugar.
-No... más allá, casi al fondo, ahí va a ver unos autobuses que eran del ADO, están medio tapados con una lona, ahí hay un chingo de camionetas de las que busca, eran del gobierno. Pero no hay quien desmonte las piezas, se la va a tener que rifar usted.-
Me dijo sin mucha atención, sin mucho afán.
-A eso vine-
pensé mientras intentaba guiar mi camioneta al interior de aquel panteón de automóviles.
-¡ah no! pero la troca se queda aquí, ahí estaciónela afuera, le presto un diablito, ahí se trae la caja cuando la desmonte, es que luego se roban las piezas... y hoy cerramos a las seis así que apúrele-
Me dijo ya con un aire de molestia, como enfadado. Me fui de reversa y estacioné mi camioneta en el sitio donde aquel hombre me indicó, una vez que entraba a pie, me mostró el diablito, ya que lo tuve, puse mi caja de herramientas y mi gato en el y comencé a internarme en ese bizarro mundo de fierros retorcidos y una quietud de las que hielan la sangre.
Entrar en un sitio así es como entrar en un museo del horror, ves autos cuyo parabrisas dejó testimonio de que ahí terminó por detenerse la cabeza de sus ocupantes, autos destrozados, calcinados, algunos aún con la ropa que llevaba como equipaje, las familias que viajaban en ellos.
Dentro de un Aveo, o lo que alguna vez fue un Aveo, pude ver al asomarme a su interior, que en el portavasos aún estaba un vaso que alguna vez tuvo cerveza, estaba cuajada entre polvo y hierros retorcidos. Movido por el morbo miré en el asiento de atrás, ahí estaban restos de las gasas que seguramente los paramédicos usaron en su labor, al atender el accidente, estaban impregnadas de sangre seca, ya con un color café rojizo pero fácilmente distinguibles.
-Viajaban niños aquí-
Pensé al mirar restos de juguetes en lo que alguna vez fue el asiento de atrás, de frente el auto estaba irreconocible, tan duro fue el impacto que entre el asiento del conductor y el volante despedazado, apenas cabría la mano extendida, eso por si mismo, ya te dice que seguramente quien manejaba, murió al estrellar su pecho contra el volante.
Estaba muy metido en mis pensamientos acerca de ese auto y su accidente, que no noté que el área estaba envuelta en el silencio; un silencio que se vio interrumpido por el sonido de unos pasos que se escuchaban acercarse hacia a mi, pasos ruidosos, que me hicieron suponer que algún otro comprador se dirigía a donde estaba yo.
Agucé el oído para captar mejor, se seguían escuchando hasta que se suponía que quien caminaba ya debía estar frente a mi, pero no, los pasos cesaron apenas a unos centímetros de donde estaba parado. No había nadie.
Seguí mi camino entre esos vestigios de metal, mientras un desasosiego se apoderó de mi, ya que sentía que alguien seguía caminando a mis espaldas, sin embargo, volteaba cada cierto tiempo y no veía a nadie. Al fin llegué a donde una fila de camionetas me esperaba, si: eso era justo lo que venía a buscar, revisé un par de ellas, hasta que me topé con una cuya caja de velocidades se encontraba intacta, sin cuarteaduras, sin fugas de aceite, esa era la ideal.
Sobra decir que en menos de 30 minutos aquella refacción ya estaba en el diablito, guardé las herramientas y cuando iba a emprender el camino de regreso a la entrada, escuché esa voz, que me taladró el alma.
-Ayúdame-
Fue un susurro casi imperceptible, pero lo suficientemente claro, como para saber que si lo escuché.
El miedo se apoderó totalmente de mí, caminé lo más rápido que pude hacia la salida de nuevo con la sensación de que alguien me seguía. Por un minuto sentí que mi salvación estaba al llegar al portón por el que había entrado, ero al llegar a ese punto... Estaba cerrado, eran más de la seis y habían cerrado el deshuesadero... conmigo adentro
CONTINUARÁ.
Christian Perales
El Comisario del terror
Marzo 2023
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